Raíces

roots-313936_960_720Recolectora de huesos, de trocitos de alma entre las Raíces. Historias perdidas, no contadas o fragmentadas. Esas memorias que no pudieron ser nombradas pero siguen viviendo en nosotras, en nuestra memoria femenina, en nuestro cuerpo y útero, contando las historias de nuestras ancestras. De dónde provengo, que tierra me hizo crecer y me nutrió con su agua y barro, viento y tormentas. Que huesos necesito encontrar para poder completar el esqueleto.

Entre las Raíces están los huesos perdidos. A veces malolientes y bien escondidos.

Las raíces que te sostienen y permiten crecer y explorar. ¿Las sientes? ¿Están fuertes o las necesitas buscar y nutrir? A veces, hemos necesitado alejarnos, olvidar, poner muros y distancia entre nosotras y nuestras raíces, para poder salvarnos. Pero siempre, siempre llega el momento cuando nos llaman, nos encuentran fuertes como para conocer y sentir, sanar, y necesitamos prender el viaje para recuperarlos. Recolectar nuestros huesos perdidos y reconstruir nuestro esqueleto. Sólo así podemos seguir creciendo.

Cada año, vengo aquí a mi tierra para seguir recolectando mis huesos, fragmentos de mis raíces. El olor a mi abuela, las cestas de mimbre en la veranda, los geranios, las fotografías en blanco y negro con miradas que penetran, caras que no recuerdo pero reconozco y el silencio de la noche que se rompe con el sonido de un pájaro. Aquí entro en sintonía, algo en mi alma hace ‘click’. Encuentro mi hilo rojo y conecto con las mujeres de mi familia. Sus historias y nombres me hablan y cuentan. No con palabras, pero de útero a útero. A través de un hilo invisible pero fuerte. Hablan de miedos y sueños, de represión, de amar a hijos, de perderlos. De dolor y alegrías. Y mucho miedo que necesita ser liberado y transformado en confianza. De rabia. Hablan de conquistas y fuerzas, de lo fuertes que somos las mujeres pero también de las paredes invisibles que por sobrevivir en este mundo hemos construido entre nosotras. Me hablan de mi madre y mi abuela, de aquella tia-abuela que hizo eso que era tan horrible. Y la puedo mirar con compasión, otro hueso recuperado. Hablan, sin palabras, y yo les escucho.

A menudo me he preguntado por qué mi abuela materna es tan increíblemente importante para mí. Es como si fuera una raíz fuerte y principal, mi portal hacía mi linaje, la respuesta a tantas historias fragmentadas. Las palabras sanan, pero cuando ya no se puede hablar y contar historias, sentir, cavar y estar cerca es suficiente. Quizás coger uno de sus ovillos de lana de la cesta de la escalera que huele a sótano y humedad, y tejer con su aguja. Tejer con la aguja y lana de mi abuela. Es abrir la puerta a todo lo que ya, por los años y la enfermedad, no puede contarme con palabras. Siento a través de cada movimiento de mano, el hilo se desliza entre mis dedos. Ahí está mi atajo para escuchar, amar y aprender de las mujeres de mi linaje. Las siento todas cerca mientras la noche se convierte en madrugada y el olor a musgo húmedo penetra por las rejillas. El tic tac del reloj de la pared, tan constante, tan eterno, mientras la respiración tranquila de mi abuela soñando me sigue hablando.


En el libro Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola cuenta como todas nosotras comenzamos nuestro viaje como un saco de huesos perdidos por el desierto. Nuestra misión es prender el viaje para buscarlos y encontrarlos todos, reconstruir el esqueleto y cantar sobre ellos con la voz de nuestro alma para poder entender y liberar. Los huesos son nuestras historias perdidas, innombradas, escondidas bajo metros de escombros y tierra. Es necesario buscar y reconstruir, no para quedarnos ancladas al pasado ni para lamentar, sino porque al nombrar, al llevar los huesos a la luz del sol pierden carga y las heridas sanan. No sólo nuestras propias heridas de nuestra propia historia, si no las de las mujeres de nuestro linaje. Porque en nuestro cuerpo, alma y útero se graban las memorias de nuestras ancestras hasta que sean liberadas y sanadas. Nuestras memorias uterinas. Excavando entre nuestras raíces, recolectando nuestros huesos, comprendiendo y dando voz y escucha en la distancia a esas vidas y historias del pasado sanamos nuestras memoria uterinas, nuestras corazas y un trocito más de nuestra historia y linaje femenino.

Y ¿Como empezamos? Cada una siente y sabe donde empezar. Nos atrae como un imán. No nos permite descansar hasta comenzar. Cuando lo tocamos, lo sentimos cargado de emociones y quizás miedo y lágrimas. Si es algo de lo que no se habla en voz alta, seguramente será para ti. Pero sobretodo, escuchando hacía dentro, porque la recolectora de huesos sabe siempre dónde buscar el siguiente hueso.


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